Historia de un chico

Hablaba con un chico de apenas 15 años en una mañana más bien gélida… Era de una de esas personas que, según él mismo me iba contando, parece que nacen con la estrella en la frente. Siempre caía de pie, como se suele decir. Sacaba buenas notas, tenía una familia estupenda, buena posición económica y sus amigos aparentemente le querían de verdad. Caía bien a todo el mundo (hasta a los profesores)…y además jugaba al fútbol como extremo izquierdo que no era normal. Vamos, que aparentemente su vida era de lo más idílica que uno podía imaginarse… Tal vez por eso, o porque en el fondo no lo conocía, me extrañó que me dijera que su vida le parecía muy aburrida, que él pensaba que la gente con la que trataba a diario era medio su normal y que sus padres iban de enrollados por la vida pero que en el fondo eran unos falsos.

Al principio imaginé que me encontraba delante del clásico adolescente que se ha levantado con el pie izquierdo y necesita alguna diana en la que clavar su veneno matutino… Así que no hice mucho caso y seguimos hablando…, pero conforme me crecía su incontinencia verbal y no dejaba ni a salvo a la vecina del quinto, entendí que tenía delante no solo a un desagradecido sino al clásico niño niño de papá que solo sabía mirarse el propio ombligo a toda hora.

Decidí pasar entonces al ataque y le pregunté: ¿y tú que crees que piensa los demás de ti?, ¿que crees que piensan tus padres, tus amigos, tus profesores, tus compañeros d equipo?… Se me quedó mirando con cara de que “tío más raro este cura preguntándome estas tonterías”, pero entendí que jamás se había parado a preguntarse para qué servía su vida a los demás, que aportaba él a la existencia a los que tenía más cercanos… Por eso, sin tiempo para hacerle pensar le solté: Tu, ¿a quién quieres?, ¿por quién estarías dispuesto a perder una tarde entera de tu vida ayudándole en algo?… A ti,¿quién te importa de verdad además de tu propio capricho, tu afán por pasarlo bien, tu usar a todo el mundo como si fueran tus chachas y tus sirvientas?… Ahí justo fue cuando pensé que ahí se acaba la conversación, que ese chaval no volvería a hablar conmigo ni aunque le regalara el último juego de moda de la play…

Y ocurrió lo más inesperado… Este chico se me quedó mirando fijamente, con la vista clavada en mis ojos, y sin pestañear, me dijo: “¿Eso es lo que piensa usted realmente de mi, sin que me conozca de nada y sin que exista un mínimo de confianza entre nosotros?”… Tragué saliva y estuve entonces a punto de decirle la s típicas frases ñoñas que pusieran algo de dulzura a nuestra conversación, pero entendí que eso acabaría estropeándolo todo. Intuí -no sé porque- que este chico guardaba un gran fondo de honradez en su interior. Así que no quiso decepcionarle, y la dije: “Sí, eso es l que pienso…” Se hizo un tenso y modestísimo silencio -apenas fueron dos minutos que me parecieron dos horas- y sin mediar palabra este chico se puso a llorar a chorros. E quedé en silencio, observándole, respetando ese momento de dolor íntimo que yo no deseaba estropear. Y a poco, alzando la vista, los ojos bañados en lágrimas, me dijo: “Gracias”… ¿Por qué?, le pregunté. “Porque por fin alguien me dice a la cara lo que yo pensaba desde hacía tiempo… que estoy hecho un imbécil”.

A partir de ahí se creó una especie de clima donde era imposible que este chico no me tuviera ganado por completo. Entendí que tenía unas dotes humanas espectaculares… Era un tipo que sabía llevarse a la gente a la calle. Creaba alrededor un atracción singular…pero su vida era un desperdicio. Ese estarse mirando a sí mismo constantemente estaba haciendo estragos en su interior… por eso se sentía tantas veces amargado, como si la vida fuera un juego donde los demás solo eran marcianitos a los que disparar cuando se acercaban demasiado… Su corazón se había empequeñecido a más no poder… Ese el precio que le hacía pagar su egoísmo: quedarse con su soledad en lo mas hondo de su ser; haberse preocupado tanto por amarse a sí mismo que al final hasta el amor le parecía una cosa insulso y aburrido.

Por eso lloraba… Así me explicaba él como se sentía, y por eso ma dio las gracias. “Lo he hecho porque ha conseguido despertarme” … me parecía no solo que exageraba sino que ademas era él el que se había despertado de si mismo… o mejor dicho, fue Dios quién despertó en su interior ese deseo por salir de su propia amargura interior.

La historia con Marcos -así se llamaba este chico- se prolongó el tiempo… Creció una amistad duradera que me hizo descubrir la profunda transformación que sufrió este chico. Me encantaría poder decir que fui protagonista singular de su cambio, pero mentiría como un bellaco…

A Marcos o cambio Dios en primera persona. Lo hizo un chico generoso de corazón, que aprendi a conocerse de verdad, a quererse como era y que descubrió la profunda atracción que genera la amistad personal con Jesucristo… A prendió a amar a dios en su vida concreta porque lo trataba… Era imposible -pasados los años- no darse cuenta que él hablaba de Cristo como alguien que vivía de verdad. No era una idea… era una Persona a la que amaba.

Marcos estudió químicas. Saco unas notas brillantes, y al acabar la carera, en una cena con todos los compañeros, soltó la bomba que yo ya intuía: “Me haré sacerdote”, le dijo. Varios se quedaron de piedra. Otros y otras ya lo veían venir. Unos meses después, con apenas tres semanas transcurridas desde su entrada al seminario, Marcos sufrió un accidente en el que perdió la vida. Un borracho le atropello con su coche mientras cruzaba un paso de peatones… Así murió, así de fue directo al cielo

Paso de ser egoísta | Antonio Perez Villahoz

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